El alzhéimer electoral del colombiano

18 de febrero de 2022Juan Carlos Torres Trillos Opinión
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Como sociedad, nos aquejan gigantescas problemáticas asociadas a la precariedad del desarrollo social, al aumento de la brecha de desigualdad y al desmejoramiento de la calidad y esperanza de vida, como consecuencia, mayoritariamente, de la forma como se ha encriptado y despliega el fenómeno de la corrupción en Colombia, en los tuétanos de todas las instituciones y niveles del país. Ideario refrendado en los recientes resultados de desaprobación gubernamental de Invamer, donde el 85% de colombianos consideran que el país empora cada vez más.

El fervor de la coyuntura electoral nos arroja al éxtasis de la participación en el debate, somos expertos eligiendo emotivamente, precedidos por creencias, doctrinas, conveniencias o movidos por el miedo que nos venden ante la probabilidad de cambio; sin embargo, somos nulos para la autocrítica y la valoración sobre la gestión de los gobernantes que elegimos, tanto en el gobierno nacional como en los territorios y los representantes al Congreso.

Estamos en mora de exigir y fomentar como ciudadanía, la adhesión al debate político, del valor de la corresponsabilidad social del elector en función de los resultados de los gobernantes que eligió; por ejemplo, hace cuatro años fueron vehementes y activos vendiéndonos a Iván Duque, como el salvador de los problemas estructurales del país, y enmudecieron cuando la nación iba avanzando al revés, camino a un país aún más inviable, en todos los órdenes.

Hoy, ese elector pasó la página, obviando temas inevitables y sensibles como la corrupción, el narcotráfico, la inseguridad, el desempleo y la injusticia, que permearon el gobierno Duque, sus nefastas reformas, los asesinatos a líderes sociales y a la juventud, la devaluación del peso, el impacto ambiental, el hambre y la inaccesibilidad a la canasta básica, entre otros.

El caso Duque, es el espejo más reciente que refleja los gobiernos que lo precedieron, al menos en las últimas tres décadas, elegidos por ciudadanos que sin apelar a la sensata retrospectiva sobre los resultados de aquellos gobiernos, y con un singular silencio intencional o un tipo de alzhéimer político, regresan, insolentemente, cada cuatro años, fungiendo de eruditos, sugiriéndonos  por quién votar; o sea, por lo mismos actores de la corrupción y la hecatombe, so pena de mutilar la esperanza de un país tal vez diferente, con nuevos talentos e intenciones. Estos son sintomáticos, pero renuentes a vacunarse con sensatez.

También padecen del alzhéimer electoral, los mal llamados apolíticos; rebeldes de las decisiones que diseñan y rigen el devenir de un país. Estos son asintomáticos: no les duele nada, no se comprometen con el futuro colectivo, suelen ser desinteresados y hasta pusilánimes; aunque también se quejan, como los demás mortales. Aducen no impórtales la política, no sabiendo que ellos, que bordean el 50% de los electores, tienen en sus manos la decisión sobre un país mejor. Con éstos, el tratamiento es más práctico y de mejores resultados.

A la estirpe de alzhéimer electoral, se le suma otra variante, los que venden el voto, De aquí extractan su mayor caudal electoral las maquinarias, los depredadores del erario de siempre. Es gente buena, en desventaja y sin oportunidades, seducida por los bufones que construyen su honor y estatus despojándolos del progreso y bienestar, comprándoles la conciencia y perpetuando su marginación.

Es como si fuésemos incapaces de desterrar de nuestra sociedad la mentalidad de sumisión con el victimario, arraigada en nuestra cultura desde antes de la emancipación de la colonia española, replicando una y otra vez, los traspiés de nuestros aborígenes subyugados por las riquezas artificiales y la promesa de un futuro incierto, mientras vivenciamos crueles realidades.

Nos siguen vendiendo el humo del progreso y de luchar contra la corrupción que ellos mismos favorecen y de la que se sustentan, dilapidando los recursos y oportunidades de todos, repartiéndose los contratos, la burocracia y sus utilidades, acaudalando fortunas en paraísos fiscales, vacacionando y adquiriendo propiedades en el exterior, gobernando para sus amigos de la banca, acumulando capital, asociándose con mafias, comprando a los medios de comunicación para influenciarnos que ellos son y serán el remedio y no la enfermedad.

Mientras tanto, nosotros, la plebe, los de a pie, nos seguimos peleando sin darnos la oportunidad de un país mejor, negándonos la posibilidad de un cambio sustancial en los actores que elegimos, dejándonos aterrorizar y seducir por los que han sido eternamente nuestros verdugos.  ¡Despertemos del alzhéimer, recuperemos la memoria política y el sentido social!

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