El covid19: Un mensaje a ser solidarios

Está bien mantenernos informados, pero no sugestionados por las noticias sobre la epidemia; está bien conocer detalles sobre sus dañinos efectos, pero es mejor aún resaltar el reverdecer de la naturaleza por el respiro que le hemos dado al generarle menos contaminación y menos devastación; está bien tomar precauciones, pero sin renunciar a lo que nos define como seres humanos: la razón y la solidaridad.

Vivimos en un hogar común llamado Tierra; necesitamos del mismo aire, de las mismas aguas, del mismo alimento y de la misma naturaleza para sobrevivir. Somos integrantes de una especie que descubrió que la mejor manera de sobrevivir es hacerlo en sociedad, con reglas y con sanciones, pero sobre todo con solidaridad; sin embargo, en dos siglos de grandes descubrimientos y conquistas desviamos ese camino y dejamos de ver hacia dentro de nosotros para enfocarnos en un mundo que corre a pasos frenéticos hacia lo material, que nos vuelve mezquinos, insensibles y hasta indolentes. Los avances científicos han sido inversamente proporcionales a los avances en valores y principios, hasta llevarnos a estar más cerca de la indiferencia que de la solidaridad.

Gonzalo Gallo dice en su libro Oasis que las cosas más importantes de la vida no son cosas, en tanto que Rubén Blades dice en una de sus creaciones que de nada vale usar la inteligencia si no aprendemos a usar la conciencia, no pudieron haberlo dicho mejor porque la sociedad, el sistema político, la educación que recibimos y hasta la formación en muchos hogares nos enseñan y premian por ser individualistas, a vivir a nuestro modo sin reparar en cómo ayudar a otros. En el pensum de la básica primaria y secundaria colombiana no nos enseñan a ser solidarios con los demás, a ayudarles a superar sus limitaciones, a reconocer las diferencias y enriquecerse a partir de ellas, a no burlarse de los defectos ajenos, por el contrario, son motivos preferidos para burlas y el bullying; por eso son cada vez más admirables los seres altruistas que ocupan parte de su tiempo en dar la mano a otros, en brindar apoyo y ayudas a los millones de seres que lo necesitan.

Lo extraño es que en esta ocasión no es un ser extraordinario y superior que vino a recordarle al mundo que cada uno por separado no somos lo más importante, sino todos, y que debemos ayudar a los más débiles y necesitados, porque somos miembros de un todo que esta interrelacionado entre sí y con la naturaleza; si, esta vez es un diminuto y furtivo virus que llegó a sacudir los cimientos de la civilización, a hacernos cuestionar el camino llevado por la ciencia y la religión y, sin que nos diéramos cuenta nos hizo volver la mirada a nuestro interior, nos lleva a valorar los detalles que el afán del siglo XXI no nos dejaba ver, a darnos cuenta que podemos cambiar si lo decidimos, nos devolvió el interés por la familia, por lo humano y espiritual, nos está despertando el valor de arrodillarnos para descubrir que en la humildad somos más grandes, que dar es mejor que recibir.

La ambición y el consumismo enajenan la razón, el individualismo nos convierte en seres solitarios y egocéntricos; nos arrebata la humildad hasta hacernos olvidar que somos más espíritu que carne y hueso. Es tiempo de reflexionar sobre lo que hemos hecho, lo que hemos dejado de hacer y, sobre todo en lo que haremos. Ahora debemos actuar con la razón, con optimismo y responsabilidad, debemos ser capaces de interesarnos por los demás, por el vecino, el compañero de viaje, el que nos atiende, el que nos lleva alimentos a la puerta de nuestro hogar, el que se sacrifica en silencio para darnos educación, seguridad, salud, bienestar, fortaleza espiritual y mental, electricidad, el que recoge la basura, el que toca a la puerta en busca de ayuda o de una voz de aliento, y por los que entregan sus vidas por sacarnos adelante. Es tiempo de compartir en familia, de volver la mirada hacia la naturaleza y de aplicar lo que dijo el neoyorquino Vince T. Lombardi, la medida de lo que somos, es lo que hacemos con lo que tenemos.

Edgardo A. Santiago Arrieta. 

edgsanar@hotmail.com

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