Lecciones que me dejó el COVID

30 de julio de 2020Juan Carlos Torres Trillos Opinión

Tras 39 días conviviendo con la bestia, deseo compartirles algunas lecciones aprendidas que podrían ser útiles para mitigar el impacto de la COVID-19. Los consejos son producto de mis vivencias y de las oportunidades que identifiqué mientras superaba la enfermedad y que, seguro, ayudarán a otros.

No sé cómo me contagié, atendía los protocolos: de uso irrestricto de tapabocas, distanciamiento y lavado de manos; sin embargo, seguro en algún descuido, ocurrió.  Eso confirma lo inminente del riesgo y que, la única forma de evitar el contagio, es eliminando su causa; es decir, cero contacto, pero eso no es posible. Las medidas minimizan la posibilidad de ocurrencia, pero no les garantizan que no se contagien. De modo que, entre más precauciones mejor, pero nadie está exento.

Ante los primeros síntomas dudé que pudiera ser COVID-19 y aquí no hay tiempo para dudar. Asumí que sólo era una gripa, a juzgar por el disgusto corporal y el malestar de garganta. La aparición de ardor en la piel, como de quemadura de sol, sumada a escalofríos, fue la primera alerta. Realicé el autodiagnóstico en la aplicación CoronApp, el resultado: “Tu salud está en peligro, presentas signos de alarma relacionados con el coronavirus”. Úsenla.

Desde que tengan sospechas o les practiquen la prueba, aíslense, no hay tiempo que perder para proteger a los demás. No esperen los resultados para hacerlo, en promedio, tardan 10 días, otras veces más. Algunas veces, nunca llegan.  Ante los síntomas y la duda, asuman que están contagiados e inicien tratamiento. ¡Sí, como si tuviesen COVID-19! Les permitirá ganarle tiempo al virus. Hay que actuar predictivamente, siempre un paso adelante. Haber iniciado temprano jarabe e inhaladores, ante el conato de tos, debió ayudar a que la crisis respiratoria que vendría días después, que también requirió de corticoides, no me llevara a una UCI.

Varios de los medicamentos recetados (por médicos), que circulan en cadenas de mensajes, coindicen; pero, no todas las personas experimentan los mismos síntomas; por tanto, no todos requieren el mismo tratamiento. No olviden que no existen medicamentos para curar el virus; los disponibles, son para administrar los síntomas y evitar agravarnos mientras el virus abandona el cuerpo. No se automediquen, sólo el médico sabe lo que requieres y en qué momento de la enfermedad lo necesitas. Por ejemplo, recomiendan mucho la aspirina, un tratamiento que no es de manejo en casa, ¿qué tal que tenga dengue y esté tomando aspirina? El batido de medicamentos sin prescripción ni control podría ser una bomba. Las tomas calientes son una bendición.

No se esperancen en las EPS, colapsaron, con suerte le harán una o dos llamadas de seguimiento médico y cada tres o cuatro días los llamará una máquina pendiente si ya se recuperó. Me enviaron con sólo acetaminofén para la recuperación en casa. De no ser por mi médico amigo, Hernán Argote, que no me desamparó, estaría adobado con acetaminofén, en una UCI o en un cajón.

Consulten a un médico particular, ojalá amigo, que esté pendiente, a quien puedan enviarle videos de su respiración o fotografías de análisis, radiografías, etc. Alguien que pueda monitorear tu día a día y progreso; sobre todo, ante la aparición de un nuevo síntoma, porque en ese justo momento lo más probable es que reoriente el tratamiento. No escatimen esfuerzos económicos, lo que se necesite se compra, estamos hablando de la vida. No dejen su salud en manos de cadenas del WhatsApp, ni crean que si le funcionó a otro me funcionará igual a mí.

Ante los síntomas de dificultad respiratoria y tos, háganse placas de tórax, hemogramas, pruebas de saturación de oxígeno. Si pueden, compren un oxímetro. Fue un gran error haber callado en mi primera manifestación de dificultad respiratoria, por temor. Pensaba que, si debían intubarme, moriría de la impresión y no por COVID-19. Imaginen un sucio del tanque de gasolina obstruyendo el inyector, esa sensación del carro en ahogo es la que sentía (figuradamente) al respirar, como si algo obstruyera, además de la respiración agitada.

La afectación también es mental, desde depresión hasta delirios por fiebres, que hacen que confundas la realidad con la ilusión. Por más fe y actitud, es imposible que no te afecte la muerte de parientes y amistades. Y sí, imaginas lo peor, ¡es inevitable! No obstante, conservar una buena actitud mental y, desde la fe, creencias o espiritualidad, tener la determinación de vencer, es esencial para que el organismo se armonice con los pensamientos y hacer más llevadero el virus. Desde mi fe cristiana, me aferraba cada día y clamaba por correr la suerte de estar hoy, contándoles la historia.

Mi esposa resultó dos veces negativo, pese a haber dormido juntos en víspera de mi aislamiento, y después con mi hijo, cuando aún no sabíamos que era positivo asintomático. Concluyo que, un sistema inmunológico fortalecido reduce la posibilidad de contagio. Ella casi nunca se enferma con los virus. Aunque evidencias científicas digan que es insuficiente para evitar el contagio, en mi familia, trabajamos en subir las defensas.

Es engañoso el discurso de recuperación de 14 días. Mis días con síntomas fueron 22. Aún tengo el cuerpo resentido y con secuelas. De las afecciones respiratorias, me pronosticaron 6 semanas de recuperación.  Mi cuerpo sólo se adapta al calor del caribe, cualquier temperatura inferior a 24ºC (Celsius o Centigrado), es como si estuviera en el Polo Norte.

Rechazo la negación a la segunda prueba por parte del Estado. Den la pelea, la vida y la salud son derechos sagrados y las EPS no brindar la salud de gratis. Apelen a denunciar en redes sociales, ante la Supersalud, gestionen con las secretarías de salud, hagan ruido para que los escuchen.

Esperen el tiempo prudente para realizarse la segunda prueba; en mi caso, hubo una diferencia entre una prueba y otra, de 23 días. En el caso de mi hijo asintomático, hubo una diferencia de 19 días y repitió positivo. Estamos a la espera de los resultados de su tercera prueba.

La pérdida del gusto es de los síntomas extraños, no te permite disfrutar los alimentos. Un amigo definió el raro sabor, como el de “manteca vieja”, creo que se aproxima. Despreciaba los manjares de mi suegra, enviados en cajas de icopor marcadas con hermosos mensajes que me hacían recordar que no luchas sólo, que afuera de la habitación está la familia luchando contigo.

Hace meses veíamos lejana la amenaza que hoy es una triste realidad que ha tocado nuestros hogares, familiares y amigos; causando estragos, angustia y dolor. Esta lucha no es fácil y aún falta mucho. Necesitamos mucha responsabilidad individual y decidida actitud mental y espiritual para vencer este monstruo. Fuerza a los que están dando la lucha, y un abrazo eterno y amoroso a quienes nos dan su último adiós sin poder decirnos adiós.

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