Salvar vidas y preservar la economía

Por: Juan Carlos Torres Trillos / @soyjuanctorres

La posible extensión de la cuarentena, sugerida por la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, suscitó diferentes voces desde el gobierno, agremiaciones, la sociedad científica y civil, que develan posiciones enfrentadas y otras conciliadoras, sobre el enigma de priorizar la salud pública o la economía, y la primacía del control a los efectos directos e indirectos de la pandemia, desde el punto de vista epidemiológico, económico y/o social. Postulados legítimos y ninguno absoluto, que, en su sano equilibrio, resultan más complementarios que antagónicos.

Mientras la condición humana y el instinto de supervivencia dictan la necesidad de preservar la vida so pena de los perjuicios colaterales del orden económico y social, como lo hicieron los gobiernos de China, Italia y España, hay quienes consideran que el colapso económico producido por un aislamiento drástico dejaría más muertos que el coronavirus, y que la pandemia es secundaria, como los gobernantes de Estados Unidos, Brasil y México, denominados para la coyuntura: los “contra la corriente”.

La realidad de cada comarca es diferente, de allí que las naciones han venido adoptando modelos propios según sus realidades, para la contención del virus y la atención de la emergencia y sus riesgos residuales en materia económica y social.

La situación en Colombia tiene un contexto particular, no tiene una economía robusta y sostenible como la de China, que pudo cerrarla durante dos meses sin mayor trauma, pero tampoco tomó medidas tardías de confinamiento como en Italia y España, donde la mortandad continúa siendo incontrolable.

Colombia cuenta con 5.300 unidades de cuidados intensivos, y se cree, que, con una inversión rápida, podrían lograrse hasta 6.500. Dicen los epidemiólogos que, de levantarse la cuarenta, en una semana, se van a necesitar al menos unas 80 mil UCI´s. Sumado a lo anterior, las deficiencias administrativas, de personal e insumos; y, teniendo en cuenta, que el Instituto Nacional de Salud estimó 4millones de contagios, 700mil casos severos y 3mil victimas letales, estaríamos ante un inminente colapso del sistema de salud, al margen de sus desafíos.

Desde la óptica de preservar la resiliencia económica sugerida por el Presidente Iván Duque, la amenaza es otra, las largas cuarentenas no suelen ser sostenibles, y podríamos pasar de la epidemia de la salud a una de la economía, que no sólo afectaría el crecimiento económico como país y a los empresarios, sino a cada colombiano y principalmente a los más vulnerables. Al inicio, resulta menos complejo subsidiar alimentos y otras necesidades básicas; sin embargo, en el mediano plazo, resultaría casi imposible.

De por sí, antes de la pandemia el desempleo venía escalando sobre un 12% y Fedesarrollo proyecta, en el peor escenario de la pandemia, un desempleo por encima del 19%. Asimismo, no obstante, al apoyo del gobierno nacional y los territoriales; y de empresarios, aún es frágil la contingencia económica y el plan de salvamiento en materia de servicios públicos, es insuficiente la provisión alimentaria y muchas de las medidas adoptadas en materia de protección laboral, no especulación de precios, garantías del suministro de servicios públicos y otros, son, a todas luces, permeables.

Al margen de los buenos propósitos de la dirigencia nacional y territorial, la realidad es aún más compleja y, operativamente, casi imposible de satisfacer. En todo caso, el escenario macroeconómico del país en materia de desempleo, inflación y crecimiento económico no es alentador.

Una respuesta asertiva ante la disyuntiva salud o economía es conciliar ambas premisas. Desde cada perspectiva, tanta razón tiene la alcaldesa de Bogotá como el Presidente. El debate no debe centrarse en si debe priorizarse la salud o la economía, ese no es el quiz, sino en atender de manera integral las necesidades que se evidencian en cuanto a salud pública e impacto social, de tal suerte que resulta indispensable alcanzar un balance en la acción estatal en torno a salvaguardar la vida y la economía paralelamente, al menor costo posible, con medidas relativamente razonables y sostenibles.

Si sólo nos concentramos en atender las veleidades exclusivas de la salud, podrían derivarse problemas sociales accesorios como el desempleo, la depresión y aspectos relacionados con el orden público y la convivencia que a su vez afectarían la salud pública. ¡Sería un boomerang!

El gobierno nacional aplicará una estrategia tipo acordeón, con flexibilidad para sostener medidas de aislamiento social, luego abrirlas y volverlas a cerrar progresivamente, para mantener la curva de contagio lo más controlada posible, de tal manera que el cierre de la economía no será de forma total. En todo caso, las medidas de prolongación inmediatas del aislamiento social serán tomadas por el gobierno nacional, basadas en análisis científicos, de acuerdo con los avances de la curva epidemiológica. Lo que sí queda claro, es que habrá más cuarentenas.

Debemos promover entonces, como sociedad, un cambio cultural que transforme nuestros patrones de comportamientos y la forma como nos relacionamos con los demás y con el medio ambiente, al margen de las cuarentenas que decrete el gobierno nacional. La invención de la vacuna podrá tardar más de un año y no podemos quedarnos resguardados esperándola, máxime ante la amenaza que la inmunización sea acaparada por los países ricos y el acceso al antídoto sea desigual como ha ocurrido con vacunas anteriores.

Debemos alcanzar como sociedad, un equilibrio entre lo económico y lo humanista, una posición intermedia entre el cierre drástico y una libertad amplia; pero vamos a necesitar más que todo, como ciudadanía, el acato a las reglas de juego. Habrá restricciones sí, sobre quienes podrán salir, con qué cuidados y frecuencias, son alternativas que permitirán balancear la preminencia de la salud pública y la preservación de la economía, y debemos saber entenderlas y atenderlas.

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